El Cuaternario es la era del paisaje vivo y de la memoria más cercana de la Tierra. A la entrada de San Carlos, los campos extensos de estos depósitos se manifiestan en tierras oxidadas y rojizas, cicatrices que hablan de procesos erosivos aún en curso y del desmantelamiento activo del piedemonte. Hacia el sur, la llanura cambia de piel y el suelo se vuelve grisáceo, evidenciando el desgaste y apaciguamiento de los cerros calcáreos y metasedimentarios de la cordillera.
Esta llanura aluvial reciente es el resultado de la dinámica del plácido río Tirgua (San Carlos), cuyas frecuentes inundaciones y desbordes han depositado capas sucesivas de limos, arenas y arcillas durante el Pleistoceno y el Holoceno (los últimos 2.5 millones de años).
Más allá de su naturaleza agrícola, esta unidad resguarda el registro paleontológico de Cojedes. En estas terrazas fluviales y lodos consolidados yace el silencio óseo de la megafauna extinta; un archivo sedimentario donde el barro de las inundaciones sepultó y preservó los restos de los grandes mamíferos que habitaron el paisaje llanero antes del dominio humano.