El último vestigio

Recorriendo la calle Boyacá hasta donde termina en la avenida José Laurencio Silva, es posible notar la sinuosidad del terreno, vestigios de serranías que el pueblo fue aplanando con el peso de sus casas, sus sueños y su avance indetenible.
Cruzando la avenida queda un solitario testigo, en la entrada de La Medinera, del remoto paleoceno, al inicio del período Cenozoico o Terciario, Fungiendo como muro improvisado de un terreno baldío, hay un pequeño afloramiento masivamente oxidado con tonos ocre y marrón, lo que indica alteración profunda por meteorización.
Este pequeño vestigio está compuesto por capas alternadas de turbiditas, principalmente areniscas y lutitas muy lixiviadas, lo que se conoce como un flysch de cuenca foreland. El estrato inclinado indica compresión y plegamiento andino.
Aquí me acerqué en el inicio de mi recorrido, de hecho, es la primera localidad que tomé como referencia y recogí aquí una bella arenisca que aún conservo. Y que ilustra esta entrada.
Su potencial como guarda de vida pasada es prácticamente nulo, al ser turbiditas producto de fuertes corrientes que deben haber molido y deshecho cualquier resto biológico antes de dar paso a fosilizarse, al tiempo que la fuerte oxidación y lixiviación debe haber borrado todo rastro que hubiera sobrevivido al período de depósito. Sin embargo, no deja de ser un lugar inquietante y hermoso, testigo de cuando poderosas corrientes llegaban al fondo de un mar profundo y violento.

